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Dieciséis, el número cuadrado del cuatro. Un número usado para despertar y para iniciar, y es en este día, que yo escojo, para escribir lo que sería el adiós del mes de las dos caras, lo que está enfrente y lo que está atrás.

Un día estuve sentado en una piedra, a la orilla del mar, llevaba en mi mano una flor blanca, mi intención era un saludo, una tranquilidad y un adiós, y aunque cursi se escuche, el mar me contestó, aquella flor regresó, dejando el pacto del adiós en paz. He repetido esta escena de mi realidad tantas veces que llevo ya varias noches inundado en un sueño, pero llegó el día de hacerlo realidad.

Limpiando mi escritorio, me tope con un folder bien guardado, lo vi curioso, y ante la curiosidad lo abrí, y era una foto que había tomado, esa foto la había enmarcado y puesto un mensaje en la parte de atrás, sin embargo, me gusto tanto que saque dos impresiones, guardando una en un sobre bien guardada para encontrarla un día.

Al tener la foto en mis manos, mi cuerpo decidió sentarse, y la mire tan perfecta, que me transportaba ahí.

Tomando en cuenta la referencia de la flor, decidí crear un momento que necesitaba esa cara que voltea atrás.

Tome la fotografía la doble en cuatro, y luego en dos, y así llegue a obtener un barco miniatura; tuve que pedir referencia para recordar cómo hacer esta manualidad.

Al tener mi barco armado, lo puse en mi casa por tres días, esperando que el sol y el cielo hagan las paces para llevarlo a un lugar.

Fue un jueves como a medio día, y yo ya estaba parado frente al mar, detrás de aquella piedra donde un día salude, y la paz llegó.

Tenía mi barco en mis manos, y dure quizá horas, o minutos, pero dure un tiempo en tomarlo con mis dos manos y colocarlo justo ante la mancha recién mojada en la arena de la última ola que el viento se llevó hacia adentro del mar. Me puse unos pasos atrás y espere que el viento nuevamente se mezcle con el mar y que llegaran por él.

No pasó más de una ola cuando el barco inició su ruta, y miraba ya como firmemente viajaba hacia enfrente.

Al cruzar el punto más alto del viento y el mar, aquella ola se lo llevó por debajo, pero al rebasarla resucitó el barco arriba, y en ese momento me desprendí de donde estaba parado.

¡Me salí de mí mismo!

No hice tiempo para quitarme zapatos, así me fui al mar, con paso firme pero precavido, al enfrentar el camino y dirigirse al barco, sentí el frío del agua, me ponía a pensar, en todo aquello que mi corazón hizo, como cuando bailamos en el mar, tan libres y juntos, o cuando bailamos bajo las estrellas, donde el tiempo se detuvo por una canción, o como cuando le escribió mi corazón en la arena, y esperamos que el mar borre las letras.

Sentí una necesidad tan grande, que no podía dejar ir a mi barco, le gritaba en mi mente: ¡no quiero perderte!, ¡no quiero estar sin ti!

El agua de las olas me brincaba a los ojos, me volví ciego con la sal del mar, pero avanzaba con mi intuición, mi piel se volvió chinita y mis brazos se volvieron palanca, mi barco se miraba lejos, pero muy lejos, al paso me quedé sin suelo, ya estaba en lo hondo, y mi barco, mi barco no estaba aún conmigo, me movía y movía a él, desesperadamente gritaba en mi mente. Mi mente me controlaba. Todo era por llegar con mi barco y rescatarlo a mí.

No se cuanto tiempo paso, que luche entre el mar y el viento, y de la nada, estando ciego de sal, y mudo de tanto gritar, el viento se divorcia del mar, y el agua se vuelve calma, llegue a mi barco.

Pude tener mi barco de vuelta en mis manos, limpie mis ojos y los abrí, tenía todo un océano frente a mí, sin final, lo tenía todo, pero a la vez no tenía nada.

Con mi mirada puesta en el barco, y mis brazos cansados, gire la mirada atrás, lentamente llegue a mirar atrás, y al estar frente de donde inicie, me mire a mí, ¡ese soy yo! , parado con las manos en los bolsillos del pantalón , mirando hacia la nada, con una mirada tan profunda que pudiera pensar que entre nada miraba algo, y en esas fracciones de segundos, aquel hombre parado en la arena se voltio y fui yo quien quedó atrás, inundado en un océano sin fin con mi barco en mis manos.

El simplemente caminó hacia enfrente, sacando las manos de sus bolsillos y dejando huellas y fui yo, quien se quedó atrás.

Mi barco y yo nos quedamos en aquel océano tan enorme y lejano.

Y así me despedí.

Así me despedí de aquella cara del mes de enero que voltea atrás.

Mi barco sobrevivió, y así le dije adiós.

adiós enero.